Si, estoy sintiendo cosas raras últimamente. El martes estaba en el sillón, leyendo algunas cosas del trabajo, nada demasiado estimulante y de repente, puedo jurarlo, sentí una mano cerca de mi entrepierna. Eso no es lo raro, podía llegarse a tratar de una evocación, un recuerdo quizás, lo distinto esta vez fue que esa mano me agarraba el “miembro” por decirlo de alguna manera espantosa, aunque no parezca, soy extremadamente comedida a la hora de nombrar esta parte del cuerpo. Nunca encuentro la palabra adecuada y pene me parece muy formal para la ocasión. Enseguida miré para abajo, no había ninguna mano, ni miembro, claro.
Me levanté muy rápido, me toqué entre las piernas que tenía separadas como si fuera a hacer pis ahí, en el piso del living, frente a la computadora que me miraba. No había nada.
Volví a sentarme, esta vez con las piernas cruzadas, un almohadón sobre las rodillas y arriba de todo, los apuntes. Seguí leyendo, cada vez poniendo menos interés.
Al poco rato, lo mismo. Como disparada por una descarga eléctrica, pegué una patada al aire, tirando así; almohadón, apuntes, mate, todo por los aires. No era desagradable lo que hacía esa mano pero, ¿de donde venía esa intención? Esa insistencia por agarrármela.
Fui para el baño, me temblaban un poco las piernas mientras caminaba por el pasillo, disimuladamente me toqué ahí abajo y por supuesto, no había nada.
Una vez frente al inodoro instintivamente levanté la tabla, lo pensé unos minutos y decidí que lo mejor era sentarme. Raro, no podía tocarlo, pero yo sentía que estaba ahí.
Sinceramente no se porque razón, decidí ir a la habitación a buscar un par de medias para rellenar mi ropa interior, esa tarde me faltaba algo.
Bien equipada con mi par de medias deportivas, una dentro de la otra, como se suelen guardar las medias en el cajón, di por terminada la jornada de trabajo/estudio y salí a la calle. No puedo negar que estaba algo emocionada y afectada por caminar con algo entre mis piernas, para mi no era cosa de todos los días.
Caminé unas tres cuadras más o menos, cuando vi la cara de compasión y rechazo de un pibe frente a mi hernia falsa, sentí mucha vergüenza y preferí cerrarme la campera y apurar el paso hasta llegar de nuevo a la casa.
Mientras subía los ocho pisos por ascensor mirándome al espejo pensaba; “¡Cómo te la baja la mirada del otro!”
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