Fue un día cualquiera en que descubrí lo absurdo de la vida, casi de la existencia podríamos decir. No fue precisamente leyendo el ensayo filosófico de Albert Camus, El mito de Sísifo, que siempre me sale Sífiso. Claro que no fue así. Pasé treinta años contemplando una puerta blanca de chapa y diciendo”acá nací yo”, cuando en realidad no era esa la casa sino la de al lado.
Esos tesoros fetichizados que uno carga de importancia como quien saca del cajón de su mesa de luz una noche de borrachera, casi con lágrimas en los ojos, un viejo libro de hojas amarillentas, contando a sus compañeros de reunión; “este libro es el legado más importante que recibí de mi padre” y salta Mariano diciendo, “boludo, lo tenías vos, cómo lo busqué, este libro lo compré en el mercado de pulgas hace mil, que bueno, me lo llevo!”Y así, en un parpadeo todos nuestros recuerdos tambalean y se van a la mierda.
Uno se cuestiona por qué no decidir arbitrariamente la importancia que deberían tener las cosas, básicamente hablo de inventar, contar los hechos como te de la gana, ¿acaso no es el mejor orador el que se lleva todos los aplausos? ¿importa si es cierto o no lo que cuenta? Creo que no.
Cuando las relaciones se terminan hay una infinidad de razones, pero cada una de las partes tendrá su versión que será lo suficientemente buena o no como para afectar o cambiar las emociones de sus oyentes, como todo buen orador. En los casos mas berretas diremos, “estaba loca la mina” a lo cual nos podrán responder; “no te merece”, todas mentiras que vamos construyendo para lograr esta suerte de farsa digna de ser representada en la edad media.
Hace poco me pasó algo muy bueno, una experiencia por demás interesante, tuve un día perfecto, de la mañana a la noche. Una especie de ensoñación que duró casi veintisiete horas. Con el correr del tiempo, los recuerdos de ese día se fueron debilitando, no así las sensaciones. Pensar en ello era como revivir un poco, iba agregándole detalles a mi historia, convirtiendo ese momento en algo sagrado, que culminaba con una apoteosis de lujuria, placer y fuegos artificiales. Claro está que acorde a mi manera de ser, sentir y actuar, no guardé números de teléfonos, ni nombres, ni direcciones que puedan negar mi maravillosa pieza teatral. Hasta me puse a pensar si una buena historia no vale tanto más que una pobre realidad.
De ahora en más, mi nombre no es más mi nombre, mi estatura cambi, mi voz se tornó interesante, mi pelo es aun más largo, larguísimo, incluso mis pechos pueden verse más grandes en mis relatos. Soy una maquina de parir felicidad.
"El espectáculo —dice Hamlet— es la trampa donde atraparé la conciencia del rey.", esta cita si se lo afané a Camus.

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